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	<title>Maira Tiscornia &#124; Psicología online &#187; políticas infantiles</title>
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	<description>Maira Tiscornia &#124; Psicología online</description>
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		<title>Violencia, Víctimas y Victimarios: ¿Cuál es el factor común?</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2018 01:02:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Maira Tiscornia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es indiscutible que el tema de la violencia —en todas sus formas— está siendo nuestro gran problema social. Actualmente se ha puesto de relieve el problema de la violencia de género, tras la gran cantidad de femicidios que se han hecho públicos en los últimos tiempos. Si bien esto no es nuevo, las estadísticas informadas por el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad (2016) confirman que el problema ha recrudecido. Algunos reportes, como el emitido tras la Encuesta Nacional de Violencia basada en género y generaciones (2013), indican que casi 1 de cada 2 mujeres (45,4%) que han tenido alguna relación de pareja a lo largo de su vida, declaran haber vivido algún episodio de violencia por parte de su pareja o ex pareja en Uruguay. Es evidente que este tema, así como todos los asociados a la violencia, requieren no sólo de análisis y posteos de repudio, sino de acciones concretas y prevención. Muchas veces nos preguntamos por qué, por qué estos ciclos de violencia en las relaciones de pareja. Por qué las mujeres se quedan expuestas a múltiples situaciones de abuso y agresión. Por otra parte, no comprendemos por qué, por qué estos hombres que las “aman” obsesivamente terminan destruyéndolas. Cuando buscamos algunas de estas respuestas llegamos a una cierta conclusión o factor común. En ambos casos, víctimas y victimarios suelen haber transitado violencia y/o abuso temprano en su hogar. Especialmente en el caso de los victimarios. Según un estudio realizado por Calvete et al. (2007), el ser testigo de violencia en el hogar, predispone más a posteriores conductas agresivas (proactivas y reactivas) que a la victimización. El presenciar violencia en el hogar de origen, se asocia a la conducta agresiva posterior, especialmente cuando el perfil cognitivo de la persona presenta creencias de justificación de la violencia y esquemas cognitivos asociados a la grandiosidad. Según la Terapia de Esquemas, el esquema de grandiosidad proviene de estilos familiares donde no se establecen límites adecuados o donde los padres presentan rasgos de personalidad de tipo narcisista y/o psicopáticos. En estos casos, prima la falta de empatía y la consideración de los otros es secundaria a las propias necesidades. La persona educada bajo estos parámetros suele sentir que tiene una “autorización” especial para manejar al otro y que no debe regirse por las normas de reciprocidad que se pautan en la interacción social normal. Por otra parte, en ese mismo estudio (Calvete et. al, 2007), también identificaron que el perfil cognitivo de quienes habiendo presenciado violencia en el hogar— eran más vulnerables a la futura victimización, estaba mediado por el esquema de desconfianza/abuso y asociado a futuros síntomas de depresión. Dicho esquema, se caracteriza por la expectativa de que uno siempre va a ser perjudicado, abusado, humillado y manipulado. La persona de alguna manera —tras haber vivido situaciones tempranas de abuso psicológico, físico o sexual— genera mecanismos para distanciarse o disociarse del dolor, y por temor a ser lastimada perpetua una postura de rendición que las conduce a formar parte del grupo de las que “se quedan”. Muchas veces este era el mecanismo que en la infancia menos problemas y dolor les traía (era lo único que podían hacer) y por tanto lo repiten.  Otros estudios también señalan que las mujeres víctimas de violencia presentan creencias relacionadas al temor de ser rechazadas, abandonadas y a ser ineptas para manejarse autónomamente. En cambio, en los agresores, los esquemas cognitivos mediadores pertenecen al grupo asociado a la desconexión, rechazo, a la falta de límites y grandiosidad. Tendríamos entonces que el abandono, rechazo y abuso podrían estar en la base tanto del maltratador como del maltratado, mientras que lo que diferencia a los primeros es la falta de límites y autocontrol, y lo que diferencia a los segundos es la dependencia y falta de autonomía del abusado. Si bien estos datos nos resultan bastante intuitivos y obvios, es importante destacar la relevancia del poder predictivo y del potencial uso preventivo de estos criterios. Es decir, se podría incluir la evaluación precoz de quienes presentan historias de abuso o violencia infantil para —a través de perfiles cognitivos— establecer si existe una mayor vulnerabilidad a repetir la conducta agresiva, a ser victima o resiliente; y encausar de manera diferencial las intervenciones. También se podrían diseñar programas tanto para víctimas como victimarios, que se focalicen en técnicas especificas que existen para la modificación de esos patrones que hacen la diferencia (ej. esquemas de rechazo, abandono, grandiosidad, falta de límites, dependencia, subyugación entre otros). Por otra parte, es importante comprender esta problemática desde distintos ángulos y en mayor profundidad. Como mencionamos antes, la psicología apoya la idea de que esos esquemas o creencias centrales se instauran en etapas tempranas y que son resultado de las experiencias tóxicas y abusivas del entorno cercano del niño. Coincidiendo y sustentando esto, la neurociencia apoya la idea de que el abuso verbal, físico y/o sexual genera alteraciones en el cerebro que explican desajustes conductuales futuros y la psicopatología. Por ejemplo, se sabe que todas las formas de abuso infantil se asocian a un aumento o hipertrofia de la amígdala cerebral y afecciones en la corteza prefrontal entre otras. Esto activa las respuestas de alerta con mayor facilidad, tiende a “podar” las ramificaciones del cuerpo calloso propiciando una menor conexión entre el impulso emocional y el razonamiento lógico, e impacta en la secreción de hormonas condicionando también la respuesta agresiva. Como menciona Boris Cyrulnik (2016), esa vulnerabilidad neuro emocional, hace que la incapacidad de frenarse queda impregnada en el cerebro de muchos de estos chicos, debido al empobrecimiento emocional y maltrato generado por el medio externo. De ahí las conductas e intensas reacciones que desconciertan a los maestros y sorprender a los adultos, y en extremo de ahí las conductas delictivas y los excesos que no logramos comprender. Si bien estos datos no “justifican” la violencia y agresividad de ese futuro adulto, si explican que el maltrato infantil —como dice el Dr. Teicher (un estudioso del tema del McLean Hospital del Harvard Medical School)— “tunea” el cerebro [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Es indiscutible que el tema de la violencia —en todas sus formas— está siendo nuestro gran problema social.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif; font-size: small;">Actualmente se ha puesto de relieve el problema de la violencia de género, tras la gran cantidad de femicidios que se han hecho públicos en los últimos tiempos. Si bien esto no es nuevo, las estadísticas informadas por el<a href="https://www.minterior.gub.uy/genero/images/stories/Femicidios_Uruguay.pdf"> Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad (2016)</a> confirman que el problema ha recrudecido. Algunos reportes, como el emitido tras la <a href="http://www.inmujeres.gub.uy/innovaportal/file/33876/1/resumen_de_encuesta_mides.pdf">Encuesta Nacional de Violencia basada en género y generaciones (2013)</a>, indican que casi 1 de cada 2 mujeres (45,4%) que han tenido alguna relación de pareja a lo largo de su vida, declaran haber vivido algún episodio de violencia por parte de su pareja o ex pareja en Uruguay. Es evidente que este tema, así como todos los asociados a la violencia, requieren no sólo de análisis y posteos de repudio, sino de acciones concretas y prevención.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Muchas veces nos preguntamos por qué, por qué estos ciclos de violencia en las relaciones de pareja. Por qué las mujeres se quedan expuestas a múltiples situaciones de abuso y agresión. Por otra parte, no comprendemos por qué, por qué estos hombres que las “aman” obsesivamente terminan destruyéndolas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Cuando buscamos algunas de estas respuestas llegamos a una cierta conclusión o factor común. En ambos casos, víctimas y victimarios suelen haber transitado violencia y/o abuso temprano en su hogar. Especialmente en el caso de los victimarios.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Según un estudio realizado por </span><a style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;" href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16962065" target="_blank">Calvete et al. (2007)</a><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">, el ser testigo de violencia en el hogar, predispone más a posteriores conductas agresivas (proactivas y reactivas) que a la victimización. El presenciar violencia en el hogar de origen, se asocia a la conducta agresiva posterior, especialmente cuando el perfil cognitivo de la persona presenta creencias de justificación de la violencia y <a href="https://www.linkedin.com/pulse/la-ironía-de-repetición-por-qué-repito-los-mismos-una-maira-tiscornia/" target="_blank">esquemas cognitivos</a> asociados a la grandiosidad. Según la <a href="http://www.mairatiscornia.com/zona-profesionales/" target="_blank">Terapia de Esquemas</a>, el esquema de grandiosidad proviene de estilos familiares donde no se establecen límites adecuados o donde los padres presentan rasgos de personalidad de tipo narcisista y/o psicopáticos. En estos casos, prima la falta de empatía y la consideración de los otros es secundaria a las propias necesidades. La persona educada bajo estos parámetros suele sentir que tiene una “autorización” especial para manejar al otro y que no debe regirse por las normas de reciprocidad que se pautan en la interacción social normal.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Por otra parte, en ese mismo estudio <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16962065">(Calvete et. al, 2007),</a> también identificaron que el perfil cognitivo de quienes habiendo presenciado violencia en el hogar— eran más vulnerables a la futura victimización, estaba mediado por el esquema de desconfianza/abuso y asociado a futuros síntomas de depresión. Dicho esquema, se caracteriza por la expectativa de que uno siempre va a ser perjudicado, abusado, humillado y manipulado. La persona de alguna manera —tras haber vivido situaciones tempranas de abuso psicológico, físico o sexual— genera mecanismos para distanciarse o disociarse del dolor, y por temor a ser lastimada perpetua una postura de rendición que las conduce a formar parte del grupo de las que “se quedan”. Muchas veces este era el mecanismo que en la infancia menos problemas y dolor les traía (era lo único que podían hacer) y por tanto lo repiten. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif; font-size: small;"> Otros estudios también señalan que las mujeres víctimas de violencia presentan creencias relacionadas al temor de ser rechazadas, abandonadas y a ser ineptas para manejarse autónomamente. En cambio, en los agresores, los esquemas cognitivos mediadores pertenecen al grupo asociado a la desconexión, rechazo, a la falta de límites y grandiosidad. Tendríamos entonces que el abandono, rechazo y abuso podrían estar en la base tanto del maltratador como del maltratado, mientras que lo que diferencia a los primeros es la falta de límites y autocontrol, y lo que diferencia a los segundos es la dependencia y falta de autonomía del abusado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> Si bien estos datos nos resultan bastante intuitivos y obvios, es importante destacar la relevancia del poder predictivo y del potencial uso preventivo de estos criterios. Es decir, se podría incluir la evaluación precoz de quienes presentan historias de abuso o violencia infantil para —a través de perfiles cognitivos— establecer si existe una mayor vulnerabilidad a repetir la conducta agresiva, a ser victima o resiliente; y encausar de manera diferencial las intervenciones. También se podrían diseñar programas tanto para víctimas como victimarios, que se focalicen en técnicas especificas que existen para la modificación de esos patrones que hacen la diferencia (ej. esquemas de rechazo, abandono, grandiosidad, falta de límites, dependencia, subyugación entre otros).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> Por otra parte, es importante comprender esta problemática desde distintos ángulos y en mayor profundidad. C</span><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">omo mencionamos antes, la psicología apoya la idea de que esos esquemas o creencias centrales se instauran en etapas tempranas y que son resultado de las experiencias tóxicas y abusivas del entorno cercano del niño. Coincidiendo y sustentando esto, la neurociencia apoya la idea de que el abuso verbal, físico y/o sexual genera alteraciones en el cerebro que explican desajustes conductuales futuros y la psicopatología.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> Por ejemplo, se sabe que todas las formas de abuso infantil se asocian a un aumento o hipertrofia de la amígdala cerebral y afecciones en la corteza prefrontal entre otras. Esto activa las respuestas de alerta con mayor facilidad, tiende a “podar” las ramificaciones del cuerpo calloso propiciando una menor conexión entre el impulso emocional y el razonamiento lógico, e impacta en la secreción de hormonas condicionando también la respuesta agresiva. </span><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Como menciona <a href="https://www.amazon.es/gp/product/841657281X/ref=as_li_tl?ie=UTF8&amp;camp=3638&amp;creative=24630&amp;creativeASIN=841657281X&amp;linkCode=as2&amp;tag=psicologiamt-21&amp;linkId=5ef33896fab9207e41fc9e8a7ba70161" target="_blank">Boris Cyrulnik</a><img alt="" src="https://ir-es.amazon-adsystem.com/e/ir?t=psicologiamt-21&amp;l=am2&amp;o=30&amp;a=841657281X" width="1" height="1" border="0" /> (2016), esa vulnerabilidad neuro emocional, hace que la incapacidad de frenarse queda impregnada en el cerebro de muchos de estos chicos, debido al empobrecimiento emocional y maltrato generado por el medio externo. De ahí las conductas e intensas reacciones que desconciertan a los maestros y sorprender a los adultos, y en extremo de ahí las conductas delictivas y los excesos que no logramos comprender. Si bien estos datos no “justifican” la violencia y agresividad de ese futuro adulto, si explican que el maltrato infantil —como dice el <a href="https://drteicher.wordpress.com/">Dr. Teicher</a> (un estudioso del tema del McLean Hospital del Harvard Medical School)— “tunea” el cerebro de quien lo sufre y vuelve a la persona más vulnerable a la psicopatología, al consumo de sustancias y a las conductas erráticas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> El problema se encadena intrafamiliarmente, se perpetúa y se convierte en un mecanismo que se retroalimenta y crece. El abuso, negligencia y maltrato infantil —que es conducido por personas que también lo tuvieron— genera y permite nuevas situaciones de violencia conyugal e infantil. Se perpetua tanto la agresividad del victimario y se perpetua la subyugación del maltratado. Y ese niño se volcará hacia ser víctima o victimario dependiendo del temperamento de base, del sexo, del área del cerebro mayormente afectada y de los mecanismos de afrontamiento que le resulten más eficaces en el momento en que fue abusado/agredido. Y esto continua, continua y se expande en diversas escalas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> A veces nos preguntamos cuánto condiciona. O directamente pensamos que ciertas personas no tienen salida. A decir verdad, la ciencia es agridulce al respecto. Muchas veces el impacto del trauma y/o estrés severo puede dejar una huella indeleble sobre la estructura y función del cerebro. Sin embargo, también sabemos que en muchos casos existe la posibilidad de “recablear” esas conexiones cerebrales afectadas —ya no con lobotomías— sino mediante procesos psicoterapéuticos específicos de reprocesamiento y sanación de trauma y mediante el desarrollo de un entorno vincular de seguridad, estabilidad y afecto de la persona<strong>*</strong>. Parecería que “All you need is love” no sería sólo una frase idealista de los Beatles o un cliché. La ciencia hoy nos demuestra que el apego y los posteriores vínculos afectivos, tienen un enorme impacto en nuestro cerebro a la hora de “recablearlo” y permitir la regulación emocional y ajuste conductual. Incluso que existe una tendencia a la mimetización del comportamiento neuronal de las personas que poseen vínculos de intimidad en todas las etapas de la vida. Los buenos vínculos cercanos, se imitarían a nivel neuroplástico con mayor influencia en etapas tempranas, pero también a lo largo de la vida. Siendo esto maravilloso y también peligroso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> Aunque todo esto también pueda sonar intuitivo y obvio, no está necesariamente reflejado en las políticas de prevención. Incorporar redes de apoyo social y afectivo a los programas de rehabilitación (emocional) de niños abandonados, en situación de negligencia o víctimas de maltrato sería la base, en la cual deberíamos centrar todos los objetivos y recursos. Debemos llegar por todas las vías posibles a instruir con enseñanzas y técnicas específicas a padres, educadores, agentes de salud y a los propios niños para cambiar las cogniciones o esquemas que mantienen estos ciclos de maltrato y abuso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif; font-size: small; text-align: justify;">Desde la perspectiva humana y neurocientífica, la prevención y trabajo con poblaciones infantojuveniles es el lugar donde mayor impacto podemos tener. Desde la perspectiva económica, la prevención de desarrollo de personas con perfiles psicopáticos o violentos impactaría no sólo en la violencia doméstica, sino en el bienestar y la seguridad de todos. Y en los gastos del estado, que también son gastos de todos y que preferiríamos destinarlos a una inversión social que aborde la problemática de raíz.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial, helvetica, sans-serif;"> En definitiva, los mayores problemas sociales asociados a la violencia de género, la violencia conyugal y la violencia en general, suelen enraizarse en la condición previa del maltrato infantil. Como menciona el Dr. Teicher, si se reduce el maltrato infantil, estaremos ayudando a una gran cantidad de individuos y estaremos ahorrando mucho dinero.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif; font-size: xx-small;"><strong>*</strong>Cuando la persona consume determinadas sustancias como la pasta ba</span><span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif; font-size: xx-small;">se o cuando hay alcoholismo, el daño cerebral y la capacidad de revertir esto, es completamente diferente. Por eso es más efectivo intervenir en la infancia.</span></p>
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